lunes, 29 de diciembre de 2008

Las Navidades de "El chino"

En Nochebuena en Ponferrada sucedió lo siguiente: Carola y yo le regalamos la novela "El chino" de H. Mankell a mis hermanas y a mi cuñada, Manola. Esta y su marido, es decir, mi hermano Jose (también conocido como Javier, como José Javier y como Jai) resulta que nos regalaron a Carola y a mí "El chino", y ya puestos, pues también le regalamos esta novela a nuestros amigos y residentes en Salamanca Pedro (también conocido como Pietr y como "Le chien vert")y Mar. Es previsible que durante la noche de Reyes, que pasaremos en Orense con la familia de Carola vuelvan a proliferar "chinos", y puede que esto se convierta en una metáfora del devenir del mundo. En un futuro aprenderemos forzosamente chino, mandaremos a nuestros hijos a estudiarlo a Shangai, y trabajaremos tantas horas como los chinos. Como este devenir no me hace mucha gracia (aprender inglés tiene tela, pero el chino es poco menos que infernal), regreso a mi ejemplar de "El chino" y me solazo con las disquisiciones del autor sobre la relación de la juventud europea de los sesenta con el maoísmo, con la personalidad humana, demasiado humana, de la protagonista, la jueza Birgitta, con la trama de la venganza que recorre más de un siglo en los continentes de América y Eurasia, en las complejidades de la nueva sociedad china, en las revelaciones sobre la actual sociedad sueca... En fin, que Mankell es algo más que un escritor de novela negra. Es mucho más que eso. Altamente recomendada, pero, ¡ojo!, consulten a su farmacéutico antes de ponerse a leerla.

Me han clavado

Pues sí, la persona que hizo cábalas sobre mí y mis costumbres en un comentario a mi última entrada del blog (mariTA, creo recordar que se autodenomina) me ha clavado: debe de ser porque los funcionarios somos muy previsibles. Pero a lo que voy: sí, me aburro un poquillo, aunque solo a determinada horas; sí, fumo demasiado, y una vez más he jurado que lo dejaré en enero; sí, mi familia no es apasionada de las redes a no ser que estas contengan centollos y nécoras. Lo que pasa también es que después de una semana frenética en que escribí no sé cuántas entradas del blog, me he quedado un poco seco por dentro, por lo que recurro a diversas variedades de vinos españoles para remojarme de nuevo. Y hay otra razón para interrumpir el blog: estoy muy centrado en la corrección de mi nueva novela, y solo me apartan de ella el trasiego de blancos y rosados del Bierzo, y tintos de La Rioja y la Ribera del Duero, aparte de mis queridísimas cervezas Estrella, que hacen algo por iluminarme. Cielos, tienen que acabar las Navidades o me quedará el cerebro más liso que una piel tratada con un rejuvenecedor de L'Oreal y los pulmones más negros que las cuevas de los Neanderthal, los cuales, según parece, tenían el grupo sanguíneo 0. ¿A qué viene esto? Pues no lo sé. Esperad, que voy a vaciar el vino en el fregadero. Nos vemos, o, mejor dicho, nos leemos, fieles y sagaces lectores.
Prometo escribir más.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Algunas cosas variadas

No me gusta Julio Iglesias, pero una cosa es que no me guste, y otra es pensar qué sentirá este hombre si lee que los torturadores de la policía pinochetista ponían su música para acallar los gritos de las presas políticas; bueno, la suya, y la de Nino Bravo, que en paz descanse. Esto relató la chilena Marcia Scantlebury, responsable del Museo de la Memoria de Chile. Si alguien usase específicamente mis libros para quemarlos y de paso abrasar viva a la gente, tal vez dejaría de escribir para siempre. No sé. No me gustaría nada que esto pasase, porque en el fondo me sentiría culpable, que es una de mis especialidades.
Hace una semana leí otro artículo acerca de algo que intuía que era cierto porque lo había visto años atrás en un capítulo de CSI Las Vegas (he ido comprobando con el tiempo que hasta el entorno más disparatado de esta serie tiene una base real fgundamentada), y, desengañémonos, a través de las películas y series norteamericanas uno se hace una idea mucho más que aproximada del país: solo hace falta pasear por cualquier ciudad norteamericana, y uno cree estar viendo un episodio piloto de algo. En el artículo se hablaba de clubs en que se reune gente disfrazada de peluche, gente que rehúye su propio aspecto físico, su relación con el mundo que le rodea, y busca un modo alternativo de relacionarse, a través de arrumacos y gañidos. Es bien triste, ¿no? Pues dentro de esa "tendencia" (los "furries", se llaman), hay una rama más extrema, ya que busca el sexo sin tapujos pero con peluche incorporado (creo que se llamaban los "jiffies", o algo así, no recuerdo bien), peluche, por cierto, con estratégicas aberturas en ciertas pastes del disfraz. O sea, que hay peluche softcore y peluche hardcore. Lo peor es que esa gente que se oculta bajo matas de pelo sintético ni siquiera es fea, y peor aún es que para superar su sociopatía se internen en un mundo falso y absurdo. Allá ellos, claro. Si son felices así...
Hace ya algún tiempo mi madre me explicó la palabra griega "prosopagnosis" al hilo de una miembro de la familia real sueca que padece esta enfermedad. La "prosopagnosis" consiste en olvidar el rostro de la gente con la que convives cotidianamente. Ignoro si al final del día se van haciendo una idea de quién es quién, y al día siguiente se levantan con la tabla rasa. También me rpegunto qué se sentirá, levantándote a desayunar todos los días con unos extraños que son siempre los mismos. Parece uno de los casos de Oliver Sacks. O una novela de John Franklin Bardin. Es tan lamentable como literaria, esta dolencia.
Viendo cómo va lo de IU, rescato una cita del último libro de J. M. Coetzee, "Diario de un mal año" (él siempre tan alegre y optimista): "Cuanto menores sean las diferencias fundamentales entre dos partidos, tanto más implacable será su odio". Tomen nota. Viendo los decibelios que se generan en las aulas hoy en día, tengo otra cita de Coetzee: "Una de las primeras cosas que deberíamos aprender en el proceso de convertirnos en seres civilizados: no gritar". Dioses, estamos retornando al Sinántropo.
Bueno, son las siete y tengo que corregir redacciones de 2ª de Bachillerato (the horror! the horror!). Mañana dan las vacaciones, y debajo de los tinteros ya se agazapan los ratones.
Hasta pronto, tardeselectriquistas. felices fiestas, y no practiquéis el deporte español por antonomasia, que es discutir en familia. Jingle bells, jingle bells, y los pececitos que beban hasta intoxicarse.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La Ilíada de Baricco

Siempre me ha fascinado el ciclo de Troya, desde la manzana de la discordia hasta los "nostoi" de los protagonistas, no en vano soy hijo de una profesora de latín y griego; por tanto, siempre me he sentido atraído por La Odisea y La Ilíada, aunque más por la primera que por la segunda. La primera, para mí la obra fundamental y fundacional de la cultura occidental, se lee como una obra moderna, superando la tremenda barrera del tiempo (más de 2 500 años); la segunda, en cambio, es más antigua aún, más rígida, más árida... más épica, vaya, y tal vez su gran encanto es saborear esa antigüedad en las situaciones, las relaciones y las reacciones de los actantes. Lo innegable es que ambas son un clásico universal, por lo que la iniciativa de Alessandro Baricco de crear una versión propia de La Ilíada en su libro "Homero, Ilíada", es, cuando menos, valiente.
Baricco, como un aedo puesto al día, concibió su Ilíada como un relato oral, de hecho, fue recitado en público, pero, ¿qué hizo para diferenciarse de ese hipotético Homero? Pues eliminó las largas descripciones del poema original, y muchos de los combates singulares, y al mismo narrador omnisciente, e incluso eliminó a los dioses del paisaje troyano paraa crear un coro de veintiuna voces en priomera persona que relatan los últimos días de Troya. Baricco humaniza a los héroes mayores y menores, muestra al público sus sentimientos, sus dudas, sus sufrimientos, revelándose como seres humanos modernos: Hécuba, Andrómaca, Príamo, Aquiles, Ulises, Héctor, Patroclo... recorren las páginas del libro con sus testimonios. Sinceramente, sé que algunos puristas , los inmovilistas del clasicismo, defenestrarán este libro, pero, yo, que soy anti-purista, me coloco como reivindicador supremo de él. Dicen algunos que es una pequeña obra maestra, pero yo creo que cuando las palabras de un libro permanecen dentro de ti (las naves negras, la muerte por espada o lanza como sueño de bronce, la voz de Andrómaca, el heroísmo irrepetible de Héctor., la desesperación de Príamo, la crueldad de Ulises, el rotundo infantilismo atroz de Aquiles...) y te asaltan hasta provocarte volver a leerlo y a disfrutarlo, sabes que estás ante algo más que un buen libro. Para aquel que no se atreva a enfrentarse al sabor acre de la épica ancestral, que lea este libro. Para mí (mis opiniones son tan sesgadas...), es absolutamente imprescindible. Y, además, es un placer leer su reflexión final sobre esa cruel belleza de la guerra, tan incitante, tan desasosegante, pero tan cierta.
(A mi madre, Julia, que me enseñó tantas etimologías)

sábado, 13 de diciembre de 2008

El crepúsculo de los dioses

Existía un grupo de música durante la época de la "movida" que a mí me encantaba, y que considero que ha sido soslayado muy injustamente. Este grupo era Los Pistones, autores de un buen piñado de muy buenas canciones, y de una que es especialmente inolvidable, "Lo que quieras oír". En ella, aparte de todas sus virtudes (el arranque, la voz, la melodía...), destaca poderosamente el argumento de la letra: el fan irreductible de una actriz en el ocaso se ofrece a escucharla, a que hable sobre su gloria pasada. Esta canción me remite, y no por casualidad, a esa grandiosa película del grandioso (no en su tamaño real) Billy Wilder, "God" según Trueba, "El crepúsculo de los dioses" ("Sunset Boulevard", 1950). En esta película, prodigio de estilo narrativo, se cuenta la historia de un escritor fracasado (William Holden) que ejerce de gigolo de una actriz olvidada de los años del cine mudo, Norma Desmond (Gloria Swanson); esta sigue creyendo que sus admiradores son legión dado que su mayordomo, y ex marido, Von Stroheim, le manda innumerables cartas falsas alimentando la ficicón (aquí podría hablar de "Un ramito de violetas" de Cecilia, canción en la que el propio marido alimenta en su mujer la existencia de un amante secreto). Es insólito, por otro lado, que Swanson y Von Stroheim, ambos estrellas de los años veinte y treinta, aceptaran participar en una película que hablaba de su mismo destino. El metraje acaba trágicamente, como no podía ser de otro modo, y no negaré la inmensa tristeza que produce ver las miserias de unos y otros expuestas ante la cámara, como tampoco negaré las escenas memorables de la película: los primeros planos, con Holden flotando en la piscina; la patética fiesta de fin de año que celebra Norma Desmond, y su deseo de creer que Holden realmente la ama; los cameos de Buster Keaton y Cecil B. De Mille; y, por supuesto, la escena en que Desmond, enloquecida tras desmoronarse su frágil mundo, cree estar filmando "Salomé" para DeMille en la escalera de su mansión. Lo dicho: la anatomía del fracaso, del olvido, de la necesidad de la mendacidad para permanecer vivo, del amor incondicional, de la condición humana, tan quebradiza. Toda una joya del cine. Inexcusable conocerla.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Las cosas que me temo

Me temo que lo de Grecia se irá extendiendo a toda Europa, porque la violencia juvenil se contagia y propaga como un reguero de pólvora. HB puede estar contenta pues he aquí su legado a la civilización occidental: la kale borroka internacionalizada.
Me temo que el PSOE y el PP han llegado a un pacto para cerrar el asunto de los vuelos ilegales, ya que si se acusan mutuamente ambos perderán: unos lo iniciaron, y otros no lo prohibieron. ¿Alguien perderá o ganará un gobierno, como pasó con los GAL?
Me temo que la crisis no se detendrá en 2009, que el paro volverá a los niveles de los 70, y que ahora somos conscientes de que nuestra ejemplar economía se sustentaba en depredadores del ladrillo que no dudarían en asfaltar el parque Yellowstone con Yogui y Bubu incluidos.
Me temo que la crisis intensificará el racismo existente, y que los partidos de ultraderecha y ultraizquierda se están frotando las manos: cuanto peor, mejor. ¿Quién será nuestro infausto Le Pen?
Me temo que IU acabará por resucitar el anguitismo, y en un atavismo se unirá con la derecha para tumbar al PSOE. La figura de Llamazares en IU cada vez se me parece más a la de Azaña durante la República.
Me temo que los Reyes son los padres, aunque los hijos sean los reyes.
Me temo que no es cierto que los geómetras ingleses se deseen Merry Prismas.
Me temo que Obama no es Supermán, y que para salvar al mundo tendrían que haber elegido presidente a Bruce Willis, por ejemplo.
Me temo que en este mismo instante un miserable está matando a su ex novia o ex esposa.
Me temo que cien niños acaban de morir de hambre, y cinco mil Coca-colas acaban de beberse en este mismo segundo.
Me temo que el Barça nos meterá un palizón de dimensiones homéricas. Saldré de incógnito el domingo.
Me temo que he visto una revista con Monica Belluci en portada y ya no sé ni quién soy ni qué temo.

Momentos estelares de la tele de los 70

El otro día vi una versión rusa de "Doce hombres sin piedad" titulada "Doce". Era notable, como la versión cinematográfica original cuyo protagonista era Henry Fonda; sin embargo, ninguna de las que he visto hasta ahora le llega al tacón a aquella impresionante versión teatral de Estudio 1, dirigida por Gustavo Pérez-Puig, que se me quedó en el corazón para siempre. Es increíble el lujo que teníamos en esos días, con aquellos actores que hacen palidecer a los acuales, aquellos montruos del escenario que formaron parte del elenco de la obra: José Mª Rodero, Ismael Merlo, Pepe Bódalo, Fernando Delgado, un Sancho Gracia jovencísimo, y muchos más. "Doce hombres sin piedad" fue un tour de force interpretativo espectacular, que me hizo adicto al gran subgénero de películas de juicios del cine norteamericano. Esta obra fue para mí la cristalización perfecta de aquella generación, y la expresión mejor de la calidad existente en el momento.
De aquellos años recuerdo también "El Conde de Montecristo" y "Crimen y castigo" en el espacio vespertino "Novela"; inolvidable la fuga de If en el primer caso, y también inolvidable la escena en que el protagonista mata a Lola Gaos (qué miedo daba Lola Gaos) en el segundo.
Pero aparte de esto, de aquellas series norteamericanas a las que estaba enganchado ("Jim West", "Bonanza", "El Superagente 86",...) y de aquellos ciclos de cine dedicados a Bogart, Hitchcock y otros, me marcó especialmente aquella minipelícula de Antonio Mercero, "La cabina", en la cual se pudo empezar a constatar que José Luis López Vázquez era un gran actor, solo limitado por los papeles que le suministraba el infame cine que se hacía en España. A partir de "La cabina" sucedió algo muy similar a las consecuencias de ver "Tiburón" de Spielberg: si en este último caso no te atrevías a bañarte ni en la bañera por si el gran escualo venía a zamparte, en el primero, más de uno se lo pensaba dos veces antes de entrar en una cabina telefónica, y los más dejaban el pie fuera atrancando la puerta por si las moscas. Me queda la memoria de una escena: José Luis López Vázquez es conducido en un camión hacia el extrarradio de Madrid, preso dentro de la cabina. Pasan por uno de esos campos baldíos de las afueras y se oye la voz (la película es prácticamente muda) de unos niños que lo ven pasar cantando "Mambrú se fue a la guerra". Desde entonces, "Mambrú" ha estado asociado, para mí, a lo tétrico, a lo triste. Inolvidable también la llegada al almacén de cabinas, donde un enloquecido protagonista ve en el resto de las cabinas almacenadas, todas llenas de cadáveres, el futuro que le aguarda. Ojalá repongan estas dos genialidades alguna vez.
Lo dicho, momentos estelares.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Lecturas sobre la iniquidad humana del siglo XX







A propósito de la entrada sobre "Todo fluye" de Grossman, hubo un comentario sobre obras que tratan sobre los totalitarismos y sus sistemas de aniquilación de seres humanos, basándose fundamentalmente en Stalin y Hitler. Para los interesados en el tema, quieran acercarse a él a través de novelas autobiográficas, y para los que estén preparados para enfrentarse a relatos de hechos relaes auténticamente incomprensibles por su brutalidad, yo recomendaría a vuelapluma, de la extensísima bibliografía existente, la trilogía de Primo Levi (a la izquierda) sobre su experiencia en Auschwitz; la novela de Elie Wiesel (cuya cara aparece en la tristemente legendaria foto de la derecha en una de las literas) "La noche"; la biografía de Aaron Appelman ,"Historia de una vida"; tengo pendiente leer a Solzhenitzyn (en la foto de abajo), pero sé que cualquiera de sus libros sobre el gulag soviético merecen la pena; y, si alguien quiere leer la experiencia autobiográfica de Margaret Buber-Neuman, "Prisionera de Stalin y Hitler" le resultará enormemente reveladora al haber sufrido en sus carnes las maquinarias más monstruosas del siglo XX, como reza su título. Aviso a las almas sensibles del peligro que entraña leer estas obras: es muy posible que los lectores pierdan toda esperanza en la especie humana. Y aviso también de algo: cuando uno piensa que no podrá hallar nada más cruel que un episodio determinado, siempre hallará uno más que le supere en ignominia. Creo, pese a mis avisos, que es fundamental tener conocimiento sobre estos hechos, internarse en ese corazón de las tinieblas del espíritu humano y ser conscientes de que la bondad y la maldad a veces solo dependen de un giro del destino.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Caridad cristiana

Un breve comentario a la diplomacia vaticana. Ante la resolución formulada por el gobierno francés de que los países de la ONU se adhieran a un compromiso de respetar a los homosexuales, es decir, ni perseguirlos, ni encarcelarlos, ni torturarlos, ni matarlos, el Vaticano sale con que no secunda la moción, ya que esto obligaría (???) a los países firmantes a aceptar el matrimonio de homosexuales. Bien, yo diría que el Vaticano opta por dejar que los maten, no vaya a ser que les dé por casarse, una postura muy cristiana, muy misericordiosa. Qué miedo, ¿verdad? (este"¿verdad?" debe pronunciarse al modo sacerdotal), qué miedo tienen a que las cosas cambien, a perder parcelas de poder, a decir la verdad, sobre todo. Por cierto, que Gallardón pidió a Rouco que le solicitara una audiencia con el Papa para hablar sobre la extraña versión episcopal de la COPE... y Rouco se ha negado. Qué mal casan todas estas cosas. Cuánta clientela va a perder la Iglesia Católica si sigue con esta guardia carpetovetónica aferrada al sudario de Torquemada.

martes, 2 de diciembre de 2008

Topónimos

Siempre me ha gustado saber el origen de los topónimos. Por ejemplo, saber en que todos los lugares ingleses que acaban en "-chester" hace veinte siglos hubo un campamento romano del que surgió posteriormente la ciudad o el pueblo que ahora persiste. O saber que los topónimos que acaban en "-riz" (Allariz, Guitiriz...) fueron el territoriode un "reiks" (palabra germánica para "jefe", de ahí se derivó "Reich"). O que todas las "Vila-" de Galicia vienen de cartas pueblas medievales. me gustan los topónimos que cuentan historias, como el pueblo llamado Toldaos, cerca de Monforte de Lemos, que nos remite a la emigración de los mozárabes toledanos hacia el norte de España (Toledanos> Toldaos); o el mismo topónimo de Ponferrada, que nos hace ver ese puente con refuerzos de hierro al lado del cual se fundó el castillo y la ciudad.
Hay algunos equívocos, como Compostela, que no viene de "Campus Stellae" (Campo de la estrella) sino de una palabra latina que significa "bien construida", más o menos. hay millones de casos, obviamente, de topónimos equívocos o sorprendentes. Pero tal vez los casos más curiosos se dieron al castellanizar nombres vernáculos. Pondré algunos
ejemplos gallegos, que son los que conozco:
Sanxenxo dio lugar a "Sangenjo", lo cual es absurdo, pues debía ser "San Ginés": "Genjo" no existe en los santorales castellanos. Es el mismo caso de "Sanjurjo", que en realidad debería ser "Sanjorge", ya que "Xurxo" es ese nombre en gallego.
Carballino es una aberración. tendrían que haberle puesto "Roblecito", y no esa forma mixta. Hoy en día se ha vuelto a la coherencia: Carballiño. Sin embargo, Porriño siguió siendo Porriño, en vez de Puerrito, como era canónico en esta lógica absurda.
Puenteareas es más de los mismo: o le llamas Puentearenas, o Ponteareas, que es la denominación oficial, afortunadamente.
Pero el caso más llamativo es el topónimo "Niño de Aguia", que significa "Nido de Águila". ¿Saben cómo pasaron a llamarle castellanizándolo: ¡"El Niño de la Guía"! Suena a título de película de Joselito. Como se dice en Galicia, cousas veredes. Vaya lumbreras, los toponimólogos.

domingo, 30 de noviembre de 2008

La esperanza de Vasili Grossman



Acabo de leer "Todo fluye" de Vasili Grossman, y estoy conmovido, impresionado. No puedo evitar recomendar encarecidamente a todos que la leáis, sobre todo a aquellos que no han leído la monumental "Vida y destino" del mismo autor. De esta última se ha escrito mucho: todo el mundo coincide en que es el "Guerra y paz" del siglo XX, es decir, una obra extraordinaria, imprescindible, y de una longitud tolstoiana, y cualquier crítica reciente será de mucha más ayuda que los comentarios que pueda hacer yo. Pienso que es interesante empezar por la más breve "Todo fluye" para después lanzarse a la aventura de "Vida y destino" (es decir, justo al revés de lo que ho hice), y comprobar la talla insuperable de Grossman, el cual no vio publicadas ninguna de las dos obras antes de morir.
En "Todo fluye", la historia se desarrolla alrededor de Iván Grigoriévich, un hombre que ha salido liberado a raíz de la muerte de Stalin, después de treinta años en un campo de trabajo siberiano. El regreso a la "libertad" de Iván es el hilo conductor de la obra, junto con las historias que van tejiendo personas cercanas o tangenciales. Grossman denuncia con un valor insólito la caída de la ideología comunista, de las esperanzas en un nuevo mundo, de las expectativas ante la creación del nuevo hombre que surgiría del sistema, valor casi suicida sobre todo si sabemos que escribió en época de Jrushov (o Krushev), y que esta sinceridad le supuso el ostracismo.
Grossnman, pues, relata las tragedias incomensurables de la deskulalización, que supuso como mínimo la muerte por inanición de más de diez millones de personas en una hambruna sin precedentes provocada por el mismo estado; las delaciones y el terror estalinista, en que se encerraba o fusilaba a alguien, no por haber hecho algo, sino porque existía la posibilidad de que llegase a hacerlo; analiza la figura de Lenin descarnadamente, profundizando en las grandes contradiccionesde un hombre que quiso liberar y en realidad esclavizó aun más al campesinado; ajusta cuentas Stalin, el gran genocida, uno de los mayores monstruos en la historia de la humanidad, un ser vil que se desvivió por destruir a su propio pueblo; y reflexiona con pofundidad sobre el destino eterno de esclavitud que siempre ha sufrido el campesinado soviético, estuviese bajo el yugo que estuviese.
La novela es un gran estudio sobre la libertad, sobre su significado y sus posibilidades, así como de la violencia, que para Grossman se desarrolla infinitamente en ciclos cada vez más poderosos. Pero, como buen tolstoiano, en Grossman pervive la esperanza de que todo pueda cambiar, y la magnanimidad con la gente que hizo tanto mal sin ser consciente de que lo hacía (conmovedor el testimonio de Anna Sergueyevna sobre el exterminio de los kulaks).
"Todo fluye" toma su título de un triste sarcasmo heraclitiano referente a los convoyes de deportados a campos de trabajo: "Todo fluye, todo muta, nadie entra dos veces en un mismo convoy". Leedla. Es imprescindible. Absolutamente imprescindible.

viernes, 28 de noviembre de 2008

El Código Di Stefano

Una de las teorías conspiratorias más antiguas, y en modo alguno menos importante que la del asesinato de Kennedy, acaba de salir a la luz. Josep maría Minguella, culé de pro, ha sacado a la luz un documento que obraba en su poder desde hace más de medio siglo: el documento en que se prueba que el Barcelona vendió los derechos de Di Stefano al Real Madrid por más de cuatro millones de los de 1953. Es decir, todo aquello sobre la intervención de Franco para abortar la operación del fichaje del jugador argentino por parte del Barcelona, todo aquello sobre las presiones para que este fichaje no se llevara a cabo, favoreciendo así al Real Madrid, ,se han ido al traste. Por supuesto, Minguella luego pasa a hablar de presiones. políticas.. pero él tenía doce años cuando todo esto sucedió, o sea que como interlocutor no sería muy válido., y además, los responsables de la operación tenían que salvaguardar su honor de algún modo. Aparte de todo, como expuse en otra entrada, ¿cómo podía el Real Madrid ejercer presión alguna, si no había ganado la liga desde antes de la guerra civil? El Real Madrid no pasaba de ser un buen equipo (con peligrosos antecedentes pro-republicanos aunque en ese momento fuese el presidente Bernabeu), pero los buenos de verdad en esos tiempos eran el Atlhletic de Bilbao, el mismo F,C. Barcelona, el Valencia y el Sevilla. Sería insólito que un comparsa dictara las normas, la verdad. Sería como si el Real Madrid de hoy en día dijera que se vio obligado por presiones a vender a Robben al Villarreal.
El hecho es que el Barcelona pudo tener a Di Stefano, pero lo vendió por un plato de lentejas... bueno, por un platazo de lentejas. Dice Minguella que el gran enemigo en aquellos tiempos ya era el Real Madrid, y aquí volvemos a la paranoia: no, no lo era. El Real Madrid se convirtió en un referente mundial posteriormente, gracias a la Copa de Europa, de la que fue socio fundador de primera gracias a un genio, Raimundo Saporta, y cuya primera final se jugó en 1956. El Real Madrid tuvo una visión de futuro que les faltó a otros, y le salió bien la apuesta. El Barcelona no fue capaz de ganarla, y eso que su aparato propangandístico siempre ha dicho que aquella competición la ganaba cualquiera... menos ellos, claro. Se olvidan de que los competidores eran el Milan de Schiafino, la mejor generación alemana previa a Beckenbauer, los franceses Kopa y Lafontaine y otros nada desdeñables. El caso es que el Barcelona, sin duda, podría haberse quedado con Di Stefano, y podría haber cambiado su historia... pero no lo hizo. Después se conformó con el papel del agraviado, papel que contribuyó a fomentar de modo notorio mi admirado Vázquez Montalbán, un hombre humanista y cartesiano que solo perdía la chaveta cuando le tocaban al Barça. Así se forjó la leyenda, el mito: nada de lo que ganase el Real Madrid sería conseguido por medios lícitos. El Barcelona se convertía en Numancia contra el imperio de Roma: no era difícil despertar simpatías.
¿Por qué se guardó más de medio siglo ese documento? La respuesta es obvia, pero la mentira gana batallas, y la verdad al final siempre gana la guerra. Ahora solo falta que se sepa lo de Kennedy.
(Por cierto, mis felicitaciones a todos mis amigos del Barça por la campaña actual. Hombre, yo no es que esté contento, pero hay que reconocer que el Barcelona hace que los rivales parezcan lisiados o veteranos de guerra. No seáis demasiado malos con nosotros, el 14N please: creo que si seguimos con las lesiones, mandaremos a la sección paralímpica)

La Muerte se encuentra con Stalin


Josif Visariónovich, que llevaba unos días arrestado por activismo político en una cárcel siberiana, se levantó del barracón de la penitenciaría, salió por la puerta y simplemente se largó, porque no había vigilancia: los guardias y funcionarios del zar estaban beodos. Se reía pensando que después dirían: ¡Koba se ha fugado!
Caminaba por la estepa primaveral, pisoteando flores, pensando, indignado pese a todo, en lo ineficaces que eran esas cárceles, cuando notó una presencia detrás de él. Él no lo sabía, pero era la Muerte, que se le aproximaba. Josif miró hacia el hombre que se le había colocado codo con codo. Era cadavérico, enjuto, y llevaba una guadaña. Será un labrador, pensó. Cómo odio a los malditos labradores: los exterminaría si pudiera. Mientras tanto, la Muerte buscaba el momento para dejar caer la guadaña, y se lamentaba por el eterno trabajo que desempeñaba, tan cansino, tan desagradable. Y que no haya nadie que me ayude..., se lamentaba. Por fin, tras exhalar un suspiro de tedio, la Muerte cerró el paso a Josif, y le miró fijamente a los ojos. Josif quedó extrañado. Pensó que le pediría dinero, o pan. Puñeteros campesinos, pedigüeños, antirrevolucionarios... La Muerte quedó sobrecogida por lo que vio en aquellos ojos. Le dejó el camino expedito y lo vio alejarse. Josif ni siquiera miró hacia atrás.
-Este hombre me va a aliviar mucho el trabajo en el futuro-se dijo, y se dirigió hacia la penitenciaría-. Casi demasiado. Espero que no se haga más célebre que yo.
Mientras, Josif Visariónovich siguió caminando. Si un día fuera yo responsable de estas cárceles, de aquí no se iba a escapar ni Dios, pensó.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Antología del disparate en inglés

Puedo hablar por propia experiencia de disparates que se han quedado fijos en mi mente de profe de inglés para siempre. Lo errores más simpáticos son aquellos influenciados por el diciconario, pues muchos alumnos creen que el inglés es, simplemente, transcribir el castellano o gallego palabra por palabra. Por eso, recuerdo una redacción en especial. El alumno tenía que escribir una carta a un amigo. Así empezó:
"¡Wave! ¿What such these?"
Desconcierto por mi parte. ¿Es "wave"(ola) un saludo de surfistas, o es que el chico buscó "hola" sin hache? "What such these"> ¿Es un dialecto del norte de las islas, o es que el chico buscó "qué" (what), "tal" (such) y "estas" (these> estos/estas)? Mm. no sé, no sé...

Otro caso curioso es la confusión de "tener" y "ser", y el mal uso de los adjetivos posesivos, que reducen a uno solo: "your" (tu, vuestro)). Redacción sobre animales domésticos. Así empieza:
"I am a dog. Your name is Toby. Your house is in the Cangas"
Primero se reivindica como can, y luego me adjudica el nombre Toby y me hace vivir en Cangas do Morrazo. Intoleréibol.

Un caso de nota es el siguiente. He hecho varias apuestas, y nadie ha sido capaz de entender el significado. Un alumno escribió la siguiente frase:
"I was horn the scholl"
Pensando que "horn" significa "cuerno", y que "scholl", marca alemana de ortopedia y productos diversos para callosidades del pie, es la variante escolar de "school", escuela, se podría pensar que quiere decir: "Estoy hasta el cuerno de la escuela". Pero no. La realidad es la siguiente:
"I was" significa "Yo fui", pero del verbo ser, y no del ir, como escribió erróneamente. Por eso, el chico (¿o era chica?) buscó "hasta"... pero sin hache, es decir,"asta" o "cuerno". Solución: "Fui hasta la escuela".
Otros errores comunes: el uso del verbo "like". En inglés se dice "yo gusto manzanas", no "a mí me gustan las manzanas" o "las manzanas me gustan". Por eso, muchas veces leo lo siguiente:
"Apples like me" o "Beyoncé likes me". Es simpático, imaginar las manzanas saliendo de sus cestas para abrazar a uno, o, más improbable aún, que Beyoncé se fije en uno de mis alumnos de 2ESO.
Otro clásico es el uso de "overcoat", que, buscado en el diciconario significa "sobretodo", es decir, una prenda de vestir. Frases tipo: "I like TV, overcoat The Simpsons".
En fin, que el clásico y antiquísimo chiste de la academia de inglés no anda lejos de la realidad. ¿Que cuál es el chiste? Lo contaré, aunque cuento muy mal los chistes. Imaginaos que tengo acento de Sevilla y todo irá mejor:
Un chico busca una academia de inglés. Ve un letrero en la fachada de un edificio, y sube. Llama y un hombre le abre la puerta. El chico pregunta: "Es esta la academia de inglés?" El hombre responde: "If, if", y con un ademán del brazo le invita a entrar: "Between, between".

Me han contado

Me han contado que la crisis mundial tiene una explicación basada en la Teoría del Caos: hace un año se encontraron cientos de mariposas revoloteando en la sede central de Lehman Brothers. Esto tiene para largo.
Me han contado que un día el tiempo dejará de avanzar, el universo cesará su expansión, empezará a comprimirse, a retroceder, y todo desaparecerá, pero por lo menos unos segundos antes de que todo se destruya tendremos la ocasión de ver una regresión temporal: por un instante podremos vernos entrando en el útero materno, o el mapa de “Bonanza” ardiendo al revés, o a Maradona regresando a su campo a toda pastilla seguido de jugadores ingleses.
Me han contado que el alma pesa unos veinte gramos, y que dada nuestra civilización, existen también almas anoréxicas que no llegan a los cinco gramos, y almas obesas que superan los cuarenta y cinco. Me han contado que ya hay “fitness” para almas, y hay kits que se venden en Teletienda.
Me han contado que en la Caverna de las Ideas ya existían dos ciegos: uno era Homero; el otro, Borges.
Me han contado que una mujer riquísima, marchante de arte, se cambió todas las piezas dentales por 90 000 euros. También que unos ladrones que entraron en su casa no dudaron en dejar dos rembrandts colgados y llevarse en cambio su dentadura.
Me han contado que un cocinero homicida mató a su novio y después cocinó su muslo. Tuvo que tirarlo a la basura, y eso que lo había reconstruido, y había adornado su carne con espuma de bígaros y dos briznas de eneldo caramelizado. Me han contado que lo que falló fue la materia prima, y que el cocinero juró nunca volver a cocinar a sus novios.
Me han contado que ETA recluta a sus sicarios en el gremio de los masoquistas. Por eso, cuando los detienen, se ríen tanto, sabiendo que les esperan horas de dulce tortura, y por eso, cuando los llevan a juicio, están gozosos, exultantes, al igual que sus amigos y familiares, que sonríen con cierta envidia: ¡Meses de tortura! ¡El nirvana del masoca!
Me han contado que Moisés y Aarón se llevaban fatal pese a ser hermanos, y que los adeptos de Aarón llevaban túnicas blancas, y los de Moisés, rojiblanacs. Sé de buena tinta que, cuando Moisés no pudo llegar a Caanán después de haberse esforzado tanto, tras discutibles decisiones del Gran Árbitro, y vio a Aarón entrando triunfante, los hijos de los adeptos de Moisés preguntaron a sus padres: Papá, ¿por qué somos de Moisés?
Me han contado que van a revivir a los mamuts y a los neandertales. Es extraño, yo, que conduzco todos los días por Vigo, juraría que ya existían, y que aún no habían perdido todos los puntos del carnet.
Me han contado que el chándal de Fidel Castro fue adquirido en Carrefour, en las ofertas del 3x2. Por eso, aunque parezca siempre el mismo, la verdad es que no lo es, aunque es igual.
Me han contado que hay gente que entiende el significado de la letra de la canción "La maza" de Silvio Rodríguez.
Me han contado que Juan Goytisolo desprecia todos los premios, y por eso se ha venido a España desde Marrakesch: para recogerlo con desprecio.
Me han contado que un hombre cubano de Sierra Maestra se llama Aspirino, y su hija, Tylenol. Creo que se llevan muy mal.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Liquidámbar


Ayer, mientras mis alumnos hacían un examen, me quedé mirando por la ventana. Desde ella se ve el patio de recreo, rodeado por muchos camelios y dos árboles llamados liquidámbar, de la familia del arce, creo. En esta época las hojas del liquidámbar puede llegar a poseer tres colores: rojo burdeos, verde y amarillo. Un solo árbol resume una evolución, un ocaso. Unos alumnos hacían gimnasia, y una ráfaga de viento hizo volar varias hojas hacia ellos. Nadie se percató, como nadie advierte el tiempo que discurre. El liquidámabar se constituye en símbolo perfecto del otoño a través de lo efímero, lo pasajer en su propio cuerpo simultáneamente; la carne tenue de esas hojas caerá en el olvido o solo quedará en la mente como imágenes fugaces, sensaciones ambivalentes, igual que un beso furtivo, o que un gol marcado en el recreo. Por un momento, mientras mis alumnos se aprovechaban de mi ensimismamiento para copiar como posesos, me imaginé que el liquidámbar conquistase las calles de Vigo, aniquilando los aligustres y demás especies perennes anodinas, y, por fin, en la costa gallega los niños se olvidasen de pinos y eucaliptos, que enmascaran las estaciones, y aprendiesen lo que es el otoño. Echo de menos el otoño, aunque me sienta muy mal. Me pone triste, no lo puedo evitar. El otoño es belleza y tristeza, el otoño es crepúsculo, es la estación inmediata a la nada. José Ángel Valente escribió lo siguiente en un poema de su libro póstumo, Fragmentos de un libro futuro:

El amarillo, el verde, el encendido
rojo sólo para morir
bajo el tendido velo del otoño


Quizás él también vio un liquidámbar.
Y mientras, mis alumnos siguen copiando unos de otros.

me he perdido
con el aire en las bóvedas tan bajas
de un cielo que, piadoso, me disuelve.

"Paradero desconocido", K. Taylor

Si alguien va a hacer un viaje corto en tren, o si a alguien le apetece leer un libro breve pero intenso y sumamente inteligente, siempre recomiendo "Paradero desconocido"(Ed. RBA), de la autora norteamericana Katherine Kressmann Taylor, escrito en 1936.
Ambientada en 1932, es una novela epistolar en la que se intercambian las cartas (obviamente) de dos marchantes, amigos y socios: Martin Schulse, que ha retornado a su Alemania natal en la época del nacimiento del nazismo, y Max Eisenstein, judío norteamericano. A través de las cartas vamos viendo cómo el pensamiento de Schulse va evolucionando hasta comulgar con el nazismo. Ocurrirá un hecho terrible, que no relataré, y Eisenstein se cobrará la venganza utilizando como armas esas cartas que manda a su ex socio.
Lo que más me impresionó de este libro fue la capacidad de la autora para intuir lo que sucedía en Alemania, y aun más, lo que estaba por venir. Es altamente recomendable, yo no esperaría para comprarlo.
Hay más libros de intercambios epistolares, por supuesto, aunque no es un género en boga. En los últimos tiempos Anagrama ha publicado también "84, Charing Cross Road" de Helene Hanff, a la que se le ha dado bastante publicidad. A mí, lo confieso, después de leer "Paradero desconocido", esta última me dejó bastante frío.

(Esta entrada la dedico a Juan y Sabela, de la librería Versus de Vigo, dos libreros en peligro de extinción, pues leen los libros que tienen, y recomiendan atinadamente. Gracias a Sabela pude conocer la novela "Todo lo que amé", de Siri Hustvedt, esposa de Paul Auster, con lo que sobran más palabras)

miércoles, 19 de noviembre de 2008

He vuelto a escribir (por fin)

Después de dos años huecos en los que escribí una novela de la que no me siento nada orgulloso, por fin puedo decir que he vuelto a disfrutar escribiendo. Estoy a punto de terminar una novela confeccionada con material nuevo y antiguo. He utilizado una novela corta que escribí hace ocho años, y la he integrado en otra historia. Ahora me queda la labor de imprimir este texto, y (¡pánico!) leerlo detenidamente, haciendo las correcciones oportunas o, simplemente, tirándola a la basura. Es que uno no aprende. Muchas veces cuando estás escribiendo crees que estás redescubriendo el mundo, cuando lo que redescubres son tus miserias. es dificilísimo ser objetivo en el proceso de creación. A mi favor, que este mes he entrado en el trance que me suele traer buenos augurios: apuntar notas en libros, en servilletas, despertarme por la noche con una cita en la cabeza, comprobar cómo todo va encajando de una manera que ni yo había imaginado, pues muchas veces las novelas acaban por esvcribirse solas. En mi contra, percibir mis defectos, mis vicios, de los que me resulta imposible huir, y que paradójicamente la gente podrá encontrar fascinantes el día en que la obra salga a la luz. Más tarde, si mi novela me convence, vendrá la labor de enviarla a editoriales grandes, medianas y pequeñas con una sinopsis que espero que se les haga irresistible. Y esperar unos ocho meses a tener noticias.Mientras tanto, enviarla a premios literarios grandes, medianos y pequeños, y consultar la red cuando se acerca la fecha del fallo del certamen, y comprobar que has estado cerca, o lejos, o no has estado. Y más tarde, esas cartas con el membrete de una editorial cuyo contenido conoces antes de abrirla: no encaja en nuestro proyecto. Pero ahora es momento de celebrar. Lo he vuelto a conseguir. Aún me quedan ideas en esa capa que rodea el cerebro elemental del mamífero. Y el futuro... ¿será algo repetido como el Día de la Mofeta, o esta vez por fin habrá suerte?

La portada de un disco


Hace unos días falleció Ray Lowry, el creador de la célebre portada del legendario álbum de The Clash, "London Calling". Es una de esas portadas que han sido imitadas o parodiadas muchas veces, pues reproduce ese momento esencialista en que el rock se convierte en adrenalina y liberación: el instrumentista destruyendo el instrumento. Tal vez la parodia más simpática que se ha hecho (o que yo conozco, mejor dicho) es la que crearon los vigueses Siniestro Total, grupo que tendrá capítulo aparte por sus letras desternillantes. En la parodia, que veis a la derecha, un gaitero destruye la gaita en el concierto.
Pero si hablamos de portadas célebres, puedo pensar, por ejemplo en T. Rex y su "The Slider", o "Sticky Fingers" de los Rolling, o "Wish you were here" (a la izquierda) y "Animals" de Pink Floyd... y muchísimas otras que uno pueda considerar, aunque, obviamente, y aquí hay consenso, la portada mejor y más influyente, la más copiada y parodiada de la historia ha sido la del "Sargent Pepper's" (a la derecha, parodia de los Simpson).
La primera vez que tuve el disco en mis manos tendría yo cinco años, es decir, era 1967. Mi hermano había comprado el disco (con lo que significaba el desembolso de un elepé en 1967), y yo desde el primer día me quedé fascinado por aquella música, excepto por "Within you, without you", la vara hindú clásica de Harrison. Miraba la galería de personajes de la portada, tan diferente de todas las que había visto hasta entonces, consistentes en los retratos del grupo musical, y solo reconocía a Stan Laurel y Oliver Hardy, y a Johnny Weismuller. Con los años me ocurrió como con los tebeos de Asterix: cuanto mayor eres, de más cosas te das cuenta, por eso fui identificando a Dylan, Marx, Poe, Tony Curtis, Einstein, Fred Astaire, Mae West, Lawrence de Arabia, Marilyn Monroe y pocos o ninguno más. Hoy en día, en internet puedes tener acceso a la identidad de todos los personajes, que fue incluyendo el artista pop Peter Blake, autor de la mítica portada, a petición de Lennon fundamentalmente. Curiosamente, la portada ha sido últimamente calificada de sexista por no incluir casi a ninguna mujer. Bueno, no creo que haya que llevar las cosas a extremos ¿no? Después de todo, el abanico de profesiones es grandísimo, e implica un interés cultural variado: científicos, escritores, boxeadores, ocultistas, futbolistas, escultores, exploradores, filósofos, cómicos, psicólogos, actores, cantantes... No creo que haya que crucificarlos por ello, me parece. Los tiempos cambian tanto que seguramente hoy en día le impondrían a Blake una cuota de paridad o la portada no saldría a la luz, pero, a fuer de ser sinceros, a mí tampoco me gustan los papeles que da Almodóvar a sus personajes masculinos heterosexuales (seres vacíos, frívolos, y muchas veces crueles y brutales), y me callo, porque esa es su elección.

Para despedirme, no puedo evitar escribir un título de un tema de Siniestro Total, y la letra de esta canción:
Título: "El increíble encuentro de Ray Charles y Matt Murdock" (este último es la personalidad real de Daredevil, o Dan Defensor, como se llamaba en mis tiempos; ambos comparten la particularidad de ser invidentes)
Letra: "Matt, ¿dónde estás?" "Ray, no te veo"
Esta letra deberá repetirse continuamente durante dos minutos.

martes, 18 de noviembre de 2008

La mala educación española

El otro día quedé consternado. Una profesora francesa, bretona para más señas, que está dando clase en mi instituto durante unas semanas a causa de un intercambio con la profesora titular, confesó que estaba asombrada de la mala educación de los alumnos en la clase: tuvo que padecer un choque cultural muy intenso al ver al alumnado vociferando, riéndose como hienas, lanzando objetos, levantándose sin pedir permiso, sobre todo sabiendo cómo es de estricto el sistema francés (¡bendita "estrictura"! ¡cómo la echo de menos sin haberla conocido!). Más que consternado, quedé abochornado. Y como yo, muchos otros. Reflexioné sobre la razón de que seamos tan maleducados, y me resultó casi imposible llegar a conclusiones unitarias. ¿Por qué, por ejemplo, los portugueses son infinitamente más corteses que nosotros, viviendo pegaditos a ellos? ¿Se les pegó el toque inglés? No hablo de tópicos: uno solo tiene que visitar Portugal para ver que el nivel de ruido, exabruptos y basura en la calle es infinitamente inferior al nuestro. Después, pensando, pensando, fui llegando al determinismo. Concluí que un país como España, donde un porcentaje enorme de gente no solo no lee sino que afirma que nunca leerá un libro, solo puede producir gañanes indocumentados como los que proliferan por la televisión. En otros países mucha gente miente y afirma que lee, pues los iletrados e incultos no gozan de gran reputación social, como aquí. Aquí, lo más triste es que la gente alardea de no leer (no es una "boutade"; desde el observatorio de un profesor no solo se contempla con nitidez a los alumnos: también a los padres, que son los que deberían poner las bases, y en una parte considerable huyen de las letras como del ántrax; difícil, pues, que inculquen esos valores a los hijos); es más, en una clase de este mismo curso académico (2ESO) recuerdo el abucheo generalizado a un chico que decía que los sábados por la tarde se dedicaba a la lectura. No pudieron pasar del abucheo al insulto, que es lo que deseaban, porque me metí en una cabina telefónica y me convertí en Superteacher, un superhéroe defensor de las causas perdidas, es decir, de los lectores y la lectura. Mis grandes poderes incluyen mandar a alumnos al jefe de estudios, o al Consejo Escolar.
Con todo, sé que nuestros nefastos modales no se deben solo al factor de la (ausencia de) lectura. Ojalá fuera así, porque hasta podría haber una solución. Me temo que hay muchas razones sociales, históricas, económicas e incluso antropológicas que amagalmándose constituyen esa aversión al libro. Pero leer o no leer, that is the question, that is the termómetro de nuestra sociedad. En fin: que cada uno saque sus conclusiones.

¿Qué es un blog para mí?

Me temo que soy un heterodoxo en esto del blog. Ofrezco relatos, expongo mis pensamientos más profundos (cuando soy capaz, claro) y más superficiales (más frecuentemente, me temo), revelo mis odios y amores, mis opiniones más discutibles, todo lo políticamente incorrecto que puedo llegar a ser, me desnudo ante el mundo, y no sabéis el vértigo y el miedo que esto puede causar... y también me agrada que se comuniquen conmigo los que me leen: aunque algunos me metan bastante caña, siempre se aprenden cosas. Últimamente me ha dado por interactuar con los "leyentes", lo cual me ha gustado mucho, la verdad, al ver que hubo respuestas. Nunca pensé que a algunos le molestase esto tanto que me sugieran un destierro al mundo de los chats, que se me antoja casi como Mordor, porque, al fin y al cabo, no sabía que hubiera unas normas de etiqueta para los que editan blogs, o bitácoras, o simplemente entradas, y que estas normas fuesen tan estrictas. Así soy yo de inculto y de irreflexivo, pero a lo mejor es mi encanto. Y es que para mí un blog, como es para muchos novelistas la novela (decía Cela que una novela es un libro en cuya portada aparece: "novela"), es un texto que aparece en un página a la que se accede a través de internet, nada más. Si soy un hereje, perdonadme, pero me temo que voy a seguir haciendo lo mismo que hasta ahora: reflexiones vagas, relatos cortos, apologías de gente que admiro, comentarios varios, muchas veces demasiado vehementes y tendenciosos, y, de vez en cuando, una pregunta a los "leyentes". Gracias a esta página hago uso de mi libertad; otros tienen el derecho a no entrar en mi página si no les agrada, por supuesto. Yo no obligo a nadie (¡ojalá pudiera!).
Por cierto, felicidades a todo el mundo: han pillado al miserable de Txeroki.,un maldito asesino que va de liberador de pueblos que llevan mucho tiempo liberados, a juzgar por su nivel de vida. Burn in hell. Voy a celebrarlo.
Hasta pronto

lunes, 17 de noviembre de 2008

Colchones mágicos

¿Qué he estado haciendo de mi vida? ¿Cómo he podido vivir hasta ahora sin el colchón Biscolátex Natura de LoMonaco? Gracias a él eliminaré mi adicción a la cafeína, pues descansaré tan bien que ni me hará falta el café para despejar, y seguramente abandone el tabaco, tal es el nirvana que proporciona el colchoncito. Y no solo eso, ¿es que no sabéis que si te tumbas en él y luego te levantas vuelve a su posición original? ¡Magia! No, no es magia. Se le llama "efecto memoria". Bueno, las barras de pan que comíamos en verano en Vilanova de Arousa también tenían efecto memoria, pues podías juntar punta con punta y luego la barra volvía a su estado original, es decir, recto. Qué fascinante, añadir palabrejas técnicas o sintagmas novedosos a cosas triviales. Los detergentes han sido siempre la avanzadilla: unos tenían dicloroxidenol, otros palitos y barritas, otros apelan al poder del rosa; los cosméticos nos han impuesto la dictadura del áloe vera, plantita picuda que nos salvará de las arrugas, las quemaduras, el envejecimiento, la impotencia... No sé... A lo mejor arreglo mi vida y me compro el Weezzit, un artilugio que sirve para quitar el vello de las manos y sus dedos, los pies y sus dedos, etcétera, atcétera. Y qué decir de esos lácteos que derriten el colesterol malo como mantequilla al fuego, o de esas aguas minerales o esos bífidus que propician el "momento All Bran", es decir, la evacuación regularizada, que ahora se expresa, al parecer, con un movimiento de las manos en descenso. vaya eufemismos, caray.
Ayayay, me parece que tengo que dejar de ver la tele.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Extrañas traducciones de títulos de películas




Para el cinéfilo joven, me retrotraigo a una época en que el inglés era minoritario (tercer idioma en la enseñanza, detrás del francés), todas las películas estaban dobladas (bueno, lo siguen estando) y no sucedía como ahora, que se tiende a dejar el título original dela película ("The Ring", "The Eye", "Eyes Wide Shut" "Love actually", etcétera). Por tanto, no es como hace años, que los títulos se cambiaban por exigencias de reclamos para el público ("efecto llamada", se le llamaría ahora), y se producían unas traducciones de lo más enjundiosas.
Daré unos pocos ejemplos (hay cientos, y seguro que conocéis muchos): "Some like it hot" sería literalmente "A algunos les gusta caliente", pero el título original no convenció a la censura, por lo que se transformó en "Con faldas y a lo loco". A continuación pondré el titulo original, la traducción literal y el título comercial en España:

a)"My darling Clementine" > "Mi querida Clementina" > "Pasión de los fuertes"
b)"High Noon" > " "A las doce del mediodía" >"Solo ante el peligro"
c)"On the beach" > "En la playa" > "La hora final"
d)"Dr Strangelove or how I learned to stop worrying and love the bomb"> "El doctor Amorextraño o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba" > "¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú"
e) "Jaws" > "Mandíbulas" > "Tiburón"
f) Rosemary's baby" > "El bebé de Rosemary" > "La semilla del diablo"
g) "They shoot horses, don't they?" > "Matan a los caballos, ¿no?" > "Danzad, danzad, malditos"
h) "North by Northwest" > "Al norte por el noroeste" > "Con la muerte en los talones"
i) "Rear windows" > "Ventanas traseras" > "La ventana indiscreta"
j) "Notorious" > " De mala reputación" > "Encadenados"

Las razones de los cambios son variadas; en el caso "a", por ejemplo, el título original, que remite a una canción popular norteamericana muy conocida, en España sonaría muy ñoño; en el caso "b", un despistado podría creer que la peli trata de la faena de un torero con el reloj adelantado; el caso "c" nos lleva a pensar en bikinis, y no en el apocalipsis ; en el caso "d" ambos títulos son disparatados, y no deja de sorprender que el español no tenga ni una palabra en común con el original; en el "e", podría parecer una consulta brutal con un protésico dental; el "f", obviamente, es el título de la novela en que se basó Polansky, por lo que aquí precisábamos algo más de emoción para que la gente se animase a verla; en el caso "g" me gusta más el título de aquí, aunque una vez vista la película cambiaría "bailad" por "danzad"; "h" suena a boy-scout con brújula averiada, no como en el título español, mucho más atinado; "i"... pues no están mal las dos opciones, aunque la original es más inquietante; "j": de la mala reputación de una mujer a "viva las caenas" hay más de un paso.
En fin, que el título tiene su importancia. Recuerdo una anécdota familiar. Un día, mi tía Chiruca vio de pasada que echaban una peli titulada "Un hombre tiene que morir"; por la noche, para entretenerlo, le contó a mi hermano mayor, que por entonces era obviamente pequeño, un argumento inventado: western fronterizo, cincuenta muertos durante los créditos, indios apaches, emoción asegurada. Lo malo fue que dos días más tarde mi hermano fue a ciegas a ver esa película, que se le antojaba como la bomba. Volvió furioso: la película era sobre Jesucristo.

Bien, si queremos mantener la interactividad del blog, pues trabajemos, malditos esclavos: comentadme versiones españolas de títulos extranjeros que conozcáis.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El canon literario del XX

Como le ocurrió a uno de los comentaristas del blog, tan pronto publiqué la entrada, se me ocurrieron decenas de títulos más, y tal vez ma´s apropiados. Es que esto es como preguntar: ¿Cuál es tu canción favorita? Pues depende cuándo y en qué situación, y cómo y dónde. Imposible ni nombrar treinta de una tacada. Pero bueno, con respecto a la otra entrada del blog, creo que no me he explicado bien: yo hablaba del Canon del siglo XX, por lo que autores admirables como Cervantes, Melville, Shakespeare, Flaubert y cientos más quedarían excluidos.
Pero, si queréis, añadiremos el Canon Clásico, es decir, desde "La Ilíada" hasta el siglo XX. Y, por cierto, me encanta que la gente se anime a rechazar esas obras que hay que considerar magnas aunque a uno no se lo parezcan. Conozco la anécdota de un erudito italiano expecialista en Dante: estaba ya a punto de morir, cuando le preguntaron por el poeta. El erudito susurró algo así como: "Dante... Nunca pude aguantar a Dante, nunca he tragado su maldita obra". Esto demuestra que el clásico no tiene por qué agradar ni siquiera a sus propagandistas.
Del Canon General yo propondría a botepronto obras como la primera parte de "El Quijote", "La Odisea", casi sobre toda otra creación literaria, por su espectacular originalidad estructural y por haber servido de modelo durante más de 2 500 años y seguir siendo una obra legible; también otras obras tal vez menores para otros, como las obras de teatro de Oscar Wilde, o "Cumbres Borrascosas" de Charlotte Brontë; de Shakespeare, a elegir, pero solo las tragedias; de Flaubert, por supuesto, "Madame Bovary"; sin duda, "Moby Dick", y el Romancero, y la poesía lírica tradicional castellana; los Cantares de Amigo galaico-portugueses; "El Lazarillo", sin discusión; algunas obras de Lope de Vega; Garcilaso; Víctor Hugo, Dickens y Pérez Galdós (aunque no sea estrictamente del XIX, comparte muchas características), ninguno más que otro; Tolstoi, Dostoievsky, "La regenta"... y en este instante no se me ocurren más.
En el Anti-Canon Clásico, Dante, Mateo Alemán, la novela bucólica y pastoril, venga de quien venga, Jane Austen, todo el siglo XVIII y parte del XIX en España, Milton, los sonetos de Shakespeare, Henry James (¡lo odio, lo odio!), Walt Whitman... y tampoco se me ocurren más.
Bien, ¿seguimos? ¿nos animamos a crear nuestro canon tardeselectriquista?

martes, 11 de noviembre de 2008

Quique González


Quiso la fortuna que un día de 2002 leyese una reseña sobre Quique González, a quien desconocía totalmente, y que me animase a comprar el disco "Pájaros Mojados". En él se halla una de las grandes joyas del pop español, "Pequeño rock and roll", canción que he cantado hasta aburrir a todos los que me circundan, y que eligió Bunbury en una de sus colaboraciones con Quique (Bunbury será cualquier cosa menos tonto), una interpretación que roza lo sublime. Confieso que incluso he utilizado este tema en un cuento que colgué en el blog, "Ella"("pequeño rock an roll, sudando en el jardín...). Ahí empezó mi pasión por este cantante madrileño, en el límite entre el rockero y el cantautor, pasión que se alimentó con el álbum "Kamikazes enamorados", que contiene varias canciones también memorables, sobre todo dos, según mi percepción: "Palomas en la Quinta" (canción evocadora de adolescentes suburbiales de los 70) y "Suave es la noche", (robándole el título a F. Scott Fitzgerald, lo que demuestra que no es un burrito que se jacta de no leer nada, tipo Melendi).
Di la barrila a todos mis amigos y conocidos con Quique González hasta conseguir enganchar a unos cuantos, con lo cual mi misión se ha completado. Quique, a tus órdenes. Y como ya estaba enganchado, seguí comprando todos sus álbumes, los tres siguientes y los dos previos, de los que extraemos canciones memorables como "Alhajita", "Hay partida", "La vida te lleva por caminos raros", "Vidas cruzadas", "Los conserjes de noche", "De haberlo sabido", "Crece la hierba"... y muchas otras. Si yo fuera vosotros, probaría a escucharlas, sobre todo viendo la mediocridad tan grande que nos asalta desde los programas musicales.
Le debía a Quique González esta entrada, pues merodea por mi blog habitualmente sin llegar a presidirlo. Tal vez una de las mejores cosas que puedo decir de él, aparte de su sensibilidad musical, sus letras extrañas y magnéticas y su fragilidad, es que me gustaría conocerlo en persona. No puedo decir lo mismo de casi ninguno de los artistas que admiro, ni siquiera de Tom Waits, que debe de ser bastante borde, de esos bordes inalcanzables, como ha sido siempre Dylan. O sea, Quique, si por casualidad leyeras este blog, debes saber que aquí en Vigo tienes tu "number one fan".

(Esta entrada está dedicada a Fernando Pedrido (que también es aficionado a QG, aunque más a Bruce "The Boss"), posiblemente el mejor imitador del Hemisferio Norte, hombre audaz que se atrevió a cruzar el Barco de Valdeorras)

Lo siento: odio a Proust


Cuando leí la lista de los libros imprescindibles del siglo XX, publicados en una revista de divulgación, me sentí desolado: caí en la cuenta de que casi todos se me hacen insoportables. Sin embargo, creo que muchos de los que ensalzan esas obras inexcusables mienten, pues ni las soportan ni las han leido. El ejemplo paradigmático es Proust: hacen una encuesta en una revista sobre las mejores obras de la Historia, y ahí está Marcel con su tiempo perdido y su Swann, y sus muchachas en flor, y sus magdalenas. Yo confieso que intenté leer esa obra, pero que a las cien páginas me di cuenta de que mi tiempo libre puede ser utilizado para muchas más cosas que para sufrir y aburrrirme soberanamente con los delirios estéticos de este hombre. ¿Soy un zote, un ígnaro por reconocerlo? No lo creo, aunque alguno que lea esto lo creerá.
Me ocurrió lo mismo con Saramago, de quien no he sido capaz de acabar ninguna novela; o con Thomas Mann o la mayoría de los autores centroeuropeos, que no dejan de mirarse al ombligo intelectual y aburrir más que un partido de curling. Y qué decir de James Joyce, cuyo "Ulises" es la prueba del algodón del intelectual sin tacha. Debo decir que esta última obra sí que la leí, como un reto personal, ya que nunca me entusiasmaron ninguno de sus otros libros ("El retrato del artista adolescente" se me antoja como una de las obras más sobrevaloradas del siglo, junto con su "Ulises"), y que de esas mil páginas de la novela sobran unas seiscientas, y que el famoso monólogo de Molly Bloom es un ladrillo increíble cuyo único mérito es su extensión (y dale con el tamaño, y con lo que importa...)... y que solo dos capítulos en realidad me parecieron realmente geniales: en el que expone su teoría psicoanalítica sobre "Hamlet", y en el penúltimo, que lo resuelve como el catecismo, a preguntas y respuestas.
Hay otros tochos estupendamente somníferos, como "Paradiso" de Lezama Lima, o "El jinete polaco", tal vez el mayor peñazo que ha escrito Muñoz Molina (al que admiro), y también el mejor valorado por los críticos, por supuesto; u otros nefandos y sobrevalorados hasta límites lisérgicos, como mi detestada "Rayuela" de Cortázar, puros fuegos de artificio. Tal vez la conclusión que saco en este breve escarnio de los divinos autores es que el tamaño sí que importa, y que aburrir a las ovejas con intelectualidades es justo y necesario.

Por tanto, queridos blogueros, ¿qué libros teóricamente "canónicos" os parecen detestables? Yo ya me he significado. Contádmelo, a ver si coincidimos.
Y otra cosa: creemos el "Canon del Siglo XX de las Tardes Eléctricas": elijamos una obra (o un máximo de tres) de cada una de las siguientes categorías: novela, novela breve, relatos, poesía y teatro. Yo me voy a mojar, consciente de que cualquier crítico me asesinaría, y de que al elegir solo tres, se quedan en el tintero muchísimas obras geniales, y de que mi elección es tan subjetiva como la de cualquiera, y de que me restrinjo a las literaturas española, hispanoamericana, anglófona y, en menor medida, francófona:

Novela: "Cien años de soledad" de García Márquez, "Los detectives salvajes" de Roberto Bolaño y "Meridiano de sangre" de Cormac McCarthy
Novela Breve: "Pedro Páramo" de Rulfo (arriba, en la foto), "Mientras agonizo" de Faulkner y "Los girasoles ciegos" de Pablo Méndez.

Relatos: Todo Borges, los relatos de Salinger, y "El llano en llamas" de Rulfo

Poesía: "La tierra baldía" de Eliot (mi vena elitista), José Ángel Valente (a elegir) y Lorca (aunque no esté de moda en estos días)

Teatro: "Luces de Bohemia", y las Comedias Bárbaras de Valle-Inclán, "El luto le sienta bien a Electra" de E. O'Neill y la obra de Arthur Miller

Si mandáis vuestros comentarios, podremos hacer una clasificación alternativa a las clásicas.

(Dedico esta entrada a José Luis, mi profesor de Literatura española de COU en el instituto de Conxo, Santiago, en el curso 1979-1980, quien consiguió que devorara todos los libros que recomendaba, entre ellos "El señor de las moscas", "El guardián entre el centeno", "Pedro Páramo", y muchos otros)

lunes, 3 de noviembre de 2008

La reina y yo


Con todos mis respetos, considero que Sofía de Grecia se ha desmelenado en su biografía. Sofía de Grecia, antes de lanzarse a hablar de lo divino y lo humano, tal vez debería pensar que sus "súbditos" somos los que le pagamos a ella y a su prolífica familia el envidiable tren de vida que llevan, porque, no sé si se ha dado cuenta, pero ha ofendido como poco a la mitad de los españoles. Que diga de puertas adentro que está en contra del aborto, y de la eutanasia activa (vaya nombre más turbador, la verdad), pues me parece normal: tiene todo el derecho a tener sus opiniones, como todo el mundo. Que le comente a quien sea en privado que el matrimonio de homosexuales no debería llamarse matrimonio, pues vale, aunque no sabía que era lingüista especializada en semántica para hacer tales afirmaciones. Ambos asuntos son opinables, por supuesto, aunque sé que muy pronto todos aquellos que están en contra furibundamente cambiarán de parecer cuando sufran en sus carnes ambas contingencias, como ha sucedido siempre con la derecha en este país(ya veremos lo que pasa con las células madre). Pero que Sofía de Grecia, reina de España, diga que ser republicano en este país es un anacronismo similar al de ser monárquico en Francia... Vamos a ver, Sofía de Grecia: los franceses han vivido en una república desde hace unos 220 años, es decir, casi nueve generaciones sin monarca. En España solo llevamos una generación (poco más: treinta y tres años) con la monarquía, lo cual hace que las comparaciones sean odiosas. Además, Sofía de Grecia, hay que ser justo tanto con lo que supuso para partidos republicanos aceptar ddemocráticamente la monarquía como con el exquisito trato que les han dispensado los republicanos a los monarcas (a excepción de ERC, que con gente como Pilar Rahola o Carod Rovira consiguen que crezca el número de monárquicos en este país), y, sobre todo, no nos olvidemos de por qué y gracias a quién en España se reinstauró la monarquía. Recordemos que España era una república que sucumbió a una rebelión en una guerra civil para convertirse en una dictadura, y que el dictador, es decir, Francisco Franco Bahamonde, fue quien decidió que a su muerte España volviera a ser una monarquía. No olvidemos que los actuales reyes de España fueron tutelados por el infausto ferrolano, algo que casi todo el mundo quiere olvidar, pero que está ahí, independientemente de la labor que desarrolló el rey durante y previamente a la Transición, haciendo encaje de bolillos y sufriendo los insultos del búnker. O sea, Sofía de Grecia, con todos mis respetos, antes de hablar, recuerda quién eres (debes ser ecuánime con tus súbditos), por qué estás aquí. y cuáles son tus derechos y deberes. Tu labor, y también tus privilegios, implican una ecuanimidad que nunca debes omitir habida cuenta de que, lógicamente, tanto el rey como la reina, como el príncipe y demás (y no me hagan hablar de Iñaki Urdangarín, por favor), son los que más deben cuidar sus palabras. Ese es el peaje que se debe pagar si se quiere seguir ahí por una mera cuestión de hemoglobina. Con todos mis respetos.


"Ángel y Greta" (2ª parte)

(CONTINÚA)

Ángel dejó a su alter ego de la pantalla estrangulando a una furcia a la que previamente se había beneficiado con todo lujo de detalles y se levantó.
—Estamos encerraos, Ángel —dijo, rompiendo a llorar. Ángel la consoló muy brevemente, y pegó la oreja a la hoja de la puerta. El tipo aquel de blanco estaba hablando por teléfono; su interlocutor debía de estar en un lugar con baja cobertura, ya que el tipo gritaba para hacerse entender.
—¿Un niño gordito? ¡No, señor Fábregas, este es más bien delgadín, pero si me da un poco de tiempo lo engordo sin problemas! ¿Cómo? ¿Cuánto? ¡Un par de semanas a bollicaos y ya verá usted!
¡Bollicaos!, exclamó Ángel, exultante. Greta, que también escuchaba, se le quedó mirando estupefacta.
—¿Y no le interesaría una niña? ¡Tengo aquí un diamante en bruto! ¿No? ¡De acuerdo! ¡En dos semanas le hago el envío!
Desconectó el móvil, se frotó las manos y se sentó al ordenador, planeando la estrategia futura. Mientras, Greta intentaba convencer a Ángel de que no se alegrara tanto por los bollicaos, cosa que él no comprendía. Greta probó a ser menos sutil, a ver si así se enteraba su hermano de la situación.
—Joder, Ángel, que te van a engordar para que te trinque un viejo vicioso, ¿es que no te das cuenta?
—Hostia, tía, ¿estás segura?
—¡Claro, gilipollas! ¡Tenías que ver más películas y jugar menos a la Play! ¡No te enteras de nada!
—¿Y a ti…?
—Tío, pues a mí me estará buscando otro pediatra de esos.
—¿Pediatra?
—¡Sí, joder! Esos a los que les molan los niños…
—Se llaman piedrófilos, burra.
—Pues piedrófilos, joder. El caso es que hay que huir de aquí.
—Y pensar que Mari Puri nos confiscó el móvil porque era mejor que el suyo…
—En todo caso, dudo que a papá se le diera por rescatarnos. Él ante el bisnes no ve más, qué cabrón.
—Ya pensaremos algo —dijo Ángel, viendo de reojo unas bolsas de Cheetos y Bugles 3D en una esquina de la sala —; vamos a jalar, tía.

Pasó una semana de snacks, juegos de consola, refrescos y largas siestas. Ángel había echado unos kilillos de más, dado que tenía prohibido moverse de delante del televisor, excepto cuando se iba a dormir; Greta estaba encargada de barrer y limpiar la casa, incluso la sauna, que le daba bastante asco porque le parecía que lo que había en el suelo cuando salía el raptor era grasa o algo peor. La verdad es que les trataba bien, solo que los tenía atados con un ingenio de fibra óptica que no les daba autonomía suficiente para salir de la casa. De vez en cuando sonaba un ¡bing! en el ordenador, y los críos se echaban a temblar en caso de que los piedrófilos anunciasen su inminente llegada. El seboso guardaba una tarjeta que desconectaba el dispositivo que los amarraba a un soporte de la pared de la habitación. La cuestión era cómo hacerse con ella, dado que estaba fuera de alcance y el seboso nunca salía de casa.
—Tío, vas a acabar como Torrente.
—¿De burro?
—No, coño, de gordo. Cuanto más comas, antes vendrá el piedrófilo.
Todo consejo era en vano. Ángel había encontrado el paraíso, y las consecuencias de su felicidad presente le importaban bien poco. A Greta el secuestrador le traía ropa interior sexy para probar, algo que a ella, justo es reconocerlo, le encantaba. Él la miraba con arrobo, y se marchaba musitando: ¡Un diamante! ¡Esta, para el señor Montiel!

La segunda semana pasó con las mismas rutinas. Ángel a duras penas entraba en los pantalones, y la camiseta parecía un top; Greta, mientras tanto, había notado que el secuestrador seboso poco a poco iba descuidando la vigilancia. Y fue el viernes de esa semana, mientras Ángel se revolcaba por el suelo de la risa con los dibujos de un niñato nipón malhablado, cuando le dio por darse una de esas largas sesiones de sauna, sin percatarse de que había desconectado accidentalmente el dispositivo de retención. Greta, ojo avizor, aguardó a que el tipo cerrara la puerta, de madera nórdica clara y noble, y rápidamente se abalanzó contra ella, cerrándola desde fuera a cal y canto. Acto seguido subió la temperatura al máximo en un dial, y pasó a deshacerse del incómodo cableado que la ataba por la cintura y la entrepierna, a modo de pañal altamente tecnificado. Tuvo que convencer a su hermano de que dejara de una puñetera vez de ver la tele y se liberara de sus ataduras, cosa que resultó ardua: me refiero a lo de la tele. Por fin, tras una patada en el bajo vientre, lo alejó del embrujo televisivo y accionó los resortes que abrían la puerta delantera de la casa, no sin antes pasar por el despacho y apoderarse de un maletín negro bastante pesado que todos los días admiraba arrobado el tío seboso.
Desde la entrada no se oían los gritos del secuestrador piedrófilo, pero sí su cara como de quisquilla apoyada contra el ventanuco de la puerta, sin duda profiriendo alaridos que se irían difuminando a medida que se churruscase. Era fascinante lo bien insonorizado que estaba todo en aquella casa. Era una escena casi irreal, una tele sin voz, un mimo espectacular. Greta salió al fresco de la tarde, oteó el horizonte y divisó a lo lejos un cielo manchado de negro. La ciudad, supuso. Agarró de la mano a Ángel, bastante remiso a largarse, y ambos partieron dirección norte-nordeste, hacia su hogar.
Tuvieron que cruzar dos autovías, una autopista, tres circunvalaciones y varias carreteras comarcales (o una sola, quién sabe) hasta que se empezó a intuir el comienzo balbuciente de la urbe. Había casas de uralita y chapa, otras de piedra, pero solo en la estructura, y sin nada en el interior excepto las hogueras de sus inquilinos; estas edificaciones fueron cediendo terreno a viejos edificios de protección oficial construidos en los cincuenta, casitas unifamiliares angostas y desvencijadas y, finalmente, bloques clónicos de los sesenta y setenta. Avanzar hacia el centro era como caminar sobre décadas. Nada les sonaba familiar, hasta que, mirando a la derecha, vieron una antigua chimenea de ladrillo semiderruida, que formaba parte de una vieja factoría de quién sabe qué. Allí su papá solía hacer bisnes, de eso estaban seguros. Dejaron el maletín en el suelo. Pesaba como un muerto. Se sentaron sobre él y recobraron aliento para ponerse de nuevo en camino.

Tres horas más tarde cruzaban su calle, saltaban la zanja del gas y entraban, por fin, en su humilde casita. Unos ronquidos les confirmaron la presencia de su padre. Sobre el suelo de la cocina yacía boca arriba, el pecho subiendo y bajando como si un ser que habitara en él pugnara por salir. A modo de almohada tenía un brik de Don Simón. Ángel le dio una patada en el pie, por lo que se despertó sobresaltado.
—¡La pasma! —aulló, y miró en derredor, asimilando dónde se hallaba—. ¡Hostia, troncos, que me vais a matar del susto! … ¡Joder, Angelito, qué gordo te has puesto, cabrón!
Angelito se arrepintió de no haberle dado la patada en los huevos, y Greta se quedó mirando a su progenitor, consciente de que este ni siquiera se había enterado de la falta de sus hijos durante ese tiempo.
—¿Y Mari Puri? —preguntó Greta, extrañada de no verla pintando las uñas de los pies sobre el bidé.
—¡Joder, Mari Puri! ¡Se piró con el tío del gas! —miró al falso techo descascarillado, teatralmente— ¿Qué es lo que quieren las pibas de hoy en día? ¡Ingrata!
—Cierra la muy, Riqui —cortó Ángel, aún encendido por lo del sobrepeso—. Mira lo que tenemos aquí, pringao. Me río de tu bisnes, tío: ¡somos ricos!
A Riqui le podrían haber enseñado el Grial, la fórmula secreta de la Coca Cola o una foto de Carmen Electra en bolas, y habría surtido el mismo efecto: ninguno. Por fin, después de descoser las legañas y encajarse la mandíbula tras un fenomenal bostezo, consiguieron arrimarlo al tesoro: un maletín alfombrado de billetes de cien euros. Riqui no parecía ser capaz de procesar aquella información. ¿Pensaría que era el Monopoly?
—¡Tío, que son miles de euros! ¡Kilos de pelas, gilipollas! —definitivamente, si algún día había existido algo similar al respeto, ya se había perdido del todo.
—Educación, niña, educación ante todo, me cago en to lo que se menea —se agachó y tocó los billetes como si probase la temperatura del agua del baño; los miró estupefacto, con aquellos ojos que supuraban hachís—. Hostia, chavales, esto es un pastón que te cagas. ¿Lo hais robao? —preguntó, una sombra de admiración cerniéndose sobre su rostro moreno y alelado.
—Riqui, el que roba a un ladrón…
—…¡buena sombra le cobija! —acabó, triunfalmente, el refrán que había iniciado Ángel— . Pero vamos a ver, ¿a quién le chorasteis la tela?
—A un piedrófilo de esos. Quería vendernos a otros piedrófilos.
—Querrás decir pediatra, niño —interrumpió Riqui—. ¡Puto mundo, lleno de asesinos y pediatras! ¡Degeneraos! ¡Pero alegrémonos! ¡Tíos, la vida va a cambiar! —saltó, ahora por fin exultante—. ¡Compraremos un bemeuve, un joncinema, un peluco Viceroy…!
—…¡y la colección completa de las Bratz!
—¡Y la PSP! ¡Y la Play 3!
—¡Bueno, bueno, no sus paséis! ¡La pasta gansa la maneja el menda, que vosotros sóis menores!
—Riqui, pero piensa que podríamos cambiar de barrio, comprar un pisito al lado del Carrefour. Tío, estamos hasta el culo de las putas maras: ya han palmao tres tíos en la calle.
—Y de los malotes del insti, joder. Les tenemos que dar hasta las bragas.
—¿Cambiar de barrio? ¿Estáis locos? ¿Y qué pasa con el bisnes? ¿Voy yo, Ricardo Plasencia, a abandonar a mis clientes? ¡Yo soy un servicio público, como los taxis!
—Más bien será como los váteres, Riqui, que vaya clientes te echas: casi todos muertos de la mercancía que les das, y los que no, yonquis.
—Tío, no hay quien se cargue a un yonqui. Son indestructibles. ¿Qué los dan? —se preguntó Riqui—. Pero no se hable más. Del barrio no nos movemos, cojones.
Ángel y Greta se miraron. Pensaron lo fácil que sería cargarse a Riqui y quedarse con las pelas. Pero deberían esperar unos años a ser mayores de edad. ¿Duraría la pasta ese tiempo? Definitivamente no. Se miraron de nuevo, leyéndose los pensamientos. ¿Notaría alguien que Riqui había desaparecido? No. Al menos les quedarían unos añitos fundiendo las pelas, libres por fin de ataduras. Se quedarían en el barrio: ¡qué remedio! Pero esa tarde, Greta llenaría la bañera de agua, invitaría a su papá a darse un bañito relajante, y Ángel metería en la bañera el radiocassette enchufado a la corriente. Al día siguiente iban a rellenar la zanja del gas. Nadie notaría que debajo de unas mantas corroídas y unos cuantos cascotes yacía el cuerpo churruscado de Riqui. Tardarían decenios en volver a abrir la calle de un barrio conflictivo y deprimido como el suyo, por lo que cuando se hallaran los restos, nadie sabría a quién pertenecían. Para ese entonces, años después de haber despilfarrado el pastón en fruslerías, Greta sería una stripper de barrio, y Ángel viviría del bisnes, como su padre. Pero al menos, en el baúl del desván, reposarían, felices y gastadas, todas las muñecas y todas las maquinitas que compraron en un centro comercial durante aquellos días frenéticos de abril posteriores al parricidio.

FIN

jueves, 30 de octubre de 2008

Un relato: "Ángel y Greta" (1ª parte)

Este relato, Ángel y Greta, es una actualización del cuento tradicional Hansel y Gretel. Confieso que me reí bastante escribiéndolo, y para que no se os haga muy largo, próximamente aparecerá la segunda y última entrega


ÁNGEL Y GRETA

Esta vez sí que estaban perdidos. Si no tenían cuidado, podrían morir apisonados por la estampida de ciudadanos que había apurado las compras hasta los instantes previos al cierre del centro comercial. Ni rastro de su padre, quien había alegado la oportunidad de consultar sobre la adquisición de una tarjeta de crédito sin recargos ni costes adicionales para darles el esquinazo y esfumarse como Houdini. ¿Cómo le pudieron creer si sabían que él no poseía cuenta bancaria? ¿Y cómo, si existía el precedente de la anterior visita a otro centro comercial?

No, esta vez no se presentaban las cosas como en la anterior, quince días antes, cuando los intentó abandonar aprovechando una confusión de gente y bolsas de plástico y cartón con emblemas bien conocidos, muy similar a la que habían estado expuestos ese mismo día. Pero su padre no se percató de que el Cornetto de vainilla que lameteaba con fruición dejaba un rastro de gotas que caían cucurucho abajo por motivos que explicaremos, rastro que a la sazón siguieron los niños hasta darle alcance, ya en las puertas que se abrían mágicamente con la cercanía de los seres humanos.

Sin embargo, esta vez se hallaban en un centro comercial de dimensiones casi improbables, a unos cuarenta kilómetros de casa. Y lo peor de todo fue no haber advertido el peligro, conjugado en la expresión ilusionada de Mari Puri cuando los tres salían de casa. Mari Puri, esa tía con la que vivía su padre desde hacía unos tres meses, a la que Riqui, el papá, había salvado de una vida meretriz y mercenaria en Reflejo’s, el club de alterne del barrio. Es que su papá vivía del bisnes, y, claro, sus relaciones sociales distaban de pertenecer a la plutocracia.

Después de aquella primera y torpe tentativa de abandono, instigada por Mari Puri, aunque, justo es reconocerlo, con la anuencia de su desnaturalizado padre, regresaron pegados a él como percebes. Riqui estaba muy pasado, por lo que ni siquiera se enteró de que sus hijos le escoltaban hasta el hogar, sito, por cierto, en un barrio de mala nota, en un edificio en deficiente estado de conservación, además de alquilado a un roñoso de ciento dos años que, por algún efecto colateral de su masiva medicación, había decidido contratar la instalación de gas. Por si me separo de Aurorita y me vengo a vivir aquí, decía él confidencialmente a los viejos vecinos del inmueble, y estos se callaban, porque Aurorita llevaba treinta años muerta.

Entraron en casa con suma cautela; Ángel fue el primero en pasar por delante de la puerta de la cocina, donde hablaban de espaldas a él Mari Puri y un instalador de acento andaluz. Habría jurado que el hombre aquel le estaba tocando el culo a Mari Puri mientras le mostraba los arcanos del gas pasajero de los tubos, pero rápidamente se centró en otras cuestiones prioritarias, como por ejemplo, pasar aquella fase de Prince of Persia que se le resistía más allá de lo normal. Greta, silenciosa como una sombra, se deslizó hacia el armario desvencijado y se puso en un abrir y cerrar de ojos el tanga de rebajas que había afanado en el centro comercial. Frente al espejo, frunció los labios, meneó el culo como el pato Donald y dio el visto bueno mientras tarareaba muy bajito y muy malevo: Me gusta el perreo, me gusta el perreo… Lo del contoneo lo había aprendido un día en que Riqui y Mari Puri habían llegado muy flipados a casa, y se olvidaron de cerrar la puerta del dormitorio. Prefirió no ver más, porque le molaba más ver las pelis porno que ligaba Riqui los fines de semana, y que dejaba desperdigadas por la casa, que aquella cutrez de sexo atrabiliario. Ángel tenía doce años, y Greta, diez.

Al cabo de un rato apareció el padre de los niños, con los ojos achinados y un hambre voraz. Había efectuado una parada obligada en una de las encrucijadas del barrio a fin de proveer de material a sus clientes y fumarse un peta con ellos, a modo de técnica mercantil. Ya se había ido el instalador de gas, y Mari Puri se pintaba las uñas de los pies de un color rojo pasión que en modo alguno casaba con los incipientes juanetes.

—¿Qué? ¿Ya? —inquirió ella, sin levantar la vista de los pies.

—En efecto —respondió él, engullendo las tres últimas rebanadas de pan Bimbo mohoso que quedaban en la bolsa.

—Bueno, pues un gasto menos, porque ¡cómo comen esos cabrones! ¡Así no hay quien se compre un buga, joder! —sentenció ella, bastante satisfecha del pie izquierdo.

Sin embargo, un ruidito le alertó de una presencia en el cuarto de los niños. Entreabrió la puerta, y vio a Ángel hipnotizado con la Play y a Greta haciendo posturitas delante del espejo. Tal fue la sarta de insultos que profirió Mari Puri a Riqui que hasta los dos niños pospusieron por unos momentos sus quehaceres.

Pero aquello fue la vez anterior. Ahora, a medida que se vaciaba el centro comercial, más se iba llenando el depósito del miedo, más se disipaban las probabilidades de retornar a casa. Las diez de la noche en pleno invierno, lloviznando sobre unas campas alejadas de la mano de Dios, sin un alma caritativa que accediese ya no a acercarlos a casa, sino solamente aproximarlos a su ciudad. La gente que se marchaba tenía otras cosas en la cabeza, tales como: ¿por qué demonios he comprado cinco pares de zapatos iguales? ¿cómo es posible que haya encargado un piano Hammond, si solo iba por unos yogures con bífidus activo? ¿por qué me rechazaron la tarjeta?

Esta otra vez su papá había vuelto a comprar un Cornetto de vainilla, y de nuevo le había mordido la punta del cucurucho porque atesoraba una pizca de chocolate, pues era esta la razón del pringue habitual, y de nuevo las gotas resbalaban por la mano hasta el suelo, lo que hizo que se confiasen, ya que en aquel suelo coruscante resaltaban grandemente. No podían imaginar que un yorkshire con un lacito en la cabeza color rojo etrusco iba a lamer esas gotitas, borrando las trazas del sendero. Y allí estaban los dos, abandonados por su padre, un drogata gilipollas que accedía a todos los deseos de Mari Puri, puta al fin y al cabo, a las puertas de un descomunal centro comercial que, si hubieran sabido algo de la Biblia, no habrían dudado en denominar Babilonia. Allí estaban, sí, ella con su minifalda rosa palo y la camisetita de asas cuya leyenda rezaba Fuck me; él, con unos vaqueros cuyo tiro llegaba a la rodilla y una camiseta negra a cuya espalda se podía leer una sugerencia anglosajona: Suck my dick. Ambas camisetas habían sido un regalo de Riqui, que las había chorizado aprovechando la confusión del mercadillo dominical. Riqui no dominaba la lengua de Milton.

Afuera, la noche. Adentro, la aproximación acelerada de un segurata, que los echó a cajas destempladas, tal era el aspecto de raterillos que tenían ambos. El segurata también desatendió la solicitud del préstamo de un par de monedas para llamar a casa. Ahora se arrepentían de haberse pulido los tres euros en cajas de Pringles. Además, razonándolo bien, si telefoneaban, ¿qué esperaban de Mari Puri y Riqui? Los habían abandonado y punto.

En fin. La oscuridad sojuzgaba los alrededores del parpadeante híper, anclado en un cruce de caminos sin indicadores de salida , una hábil estrategia para que todo el mundo tuviera que regresar al centro para informarse de cómo abandonar aquel laberinto, y de paso tomarse otro café, o cambiar de móvil. Cogidos de la mano, tomaron una de las carreteras al azar, en el momento en que todas las luces se apagaron. Caminaron empapándose paulatinamente con el calabobos, con la sensación de que a los dos bordes de la carretera acechaban todas las bestias y todos los monstruos y todos los asesinos en serie de los videojuegos que tanto les gustaban.

—Estoy acojonao —susurró Ángel, sincero como nunca antes había sido.

—Hostia, tío, gracias por las noticias —respondió ella, malhumorada —. Jo, eres el hermano mayor y tienes que protegerme, ¿no?

Ángel enarcó las cejas, se encogió de hombros y siguió caminando sin soltarle la mano húmeda y pegajosa a Greta.

—Yo creo que nos hemos equivocao, Ángel —dijo ella al punto.

—Posiblemente —aceptó él, y miró hacia atrás. Era como si el mundo estuviera aún por nacer, tal era la sensación de soledad y tan grande la densidad de las tinieblas. A Ángel se le escapó una lágrima furtiva.

—Y el muy cabrón, que nos iba a comprar un móvil, nos dijo. Pa’ embaucarnos, ¡qué cabrón! —se quejó Greta.

—Ya me parecía a mí que eso del móvil… —suspiró él, abatido.

De repente, vislumbraron un punto de luz en la lejanía. ¿Era un faro salvador en medio de un mar inmenso o era el lugar en que los depravados se comían crudos a los niños? Estaba por ver. No les quedaba otra opción que aproximarse con cautela y observar.

La luz provenía de la casa más extraña y maravillosa que nunca habían contemplado. Era un cubo de cristal tintado, estabilizado con una especie de contrafuertes, también de un material parecido al vidrio, los cuales, pese a su grosor, eran translúcidos. La luminosidad no venía de un punto en concreto, sino de la casa en sí, lo que la hacía aun más misteriosa. Ángel se arrastró hacia uno de los contrafuertes, que, vistos de cerca, más que eso eran una especie de burladeros transparentes. Lenta y silenciosamente acabó por llegar allí. Desde el suelo alzó la vista, y lo que vio le quitó la respiración.

Ni un contrafuerte, ni un burladero: era una cabina similar a la de los cajeros automáticos, en que, en vez de un dispensador de dinero, resplandecían todo tipo de soportes de juegos electrónicos. Ángel, con la boca como un buzón de correos, hizo una señal a Greta, quien en seguida estuvo a su lado.

—¡Tía, la X-Box, la Play, la Game Cube! ¡Y con demos de todos los juegos guays!

—¡Hostia, la de San Andreas, tío!

—¡Lo flipo!

Se olvidaron del hambre, del frío, del miedo, de todo, y se pusieron a jugar como posesos sin percatarse de que a sus espaldas una puerta perfectamente camuflada se abría sin ruido. Un hombre calvo de unos cincuenta años, ataviado de una camisa larga y blanca y unos pantalones flojos también blancos les recibió con un saludo vagamente budista.

—Hola, niños —dijo, con una voz aflautada—. ¿Os gustan los juegos?

Ellos se limitaron a farfullar un jujú, o un ajá, y siguieron hechizados por la combinación de píxeles en movimiento.

—Pues dentro tengo los juegos originales: ¿queréis verlos?

Entraron atropelladamente, atascándose en la estrecha puerta y soltando tacos como camioneros. Frente a ellos se ofrecía una sala amplia con todas las consolas disponibles en el mercado, enganchadas a cuatro televisores de plasma, asemejándose así a una especie de diligencia tecnológica.

—¡Joder, tío! —susurraron, ya que la emoción era tan grande que les oprimía los pulmones. Se abalanzaron cada uno hacia un televisor, y la vida se transformó en el sueño ideal hasta que, cosa de una hora más tarde, se percataron de que la puerta que se hallaba a sus espaldas estaba cerrada. Greta, con la mosca detrás de la oreja, se arrimó a ella, y comprobó algo insólito: la puerta no tenía picaporte, sino una ranura similar a la de los cajeros automáticos. Demudó su color, se giró y sentenció:

—La hemos cagao, Angelito.

(CONTINUARÁ)